
SEGUNDA CINTA: DONDE SE EXPLICAN LA DEPAUPERACION ABSOLUTA Y COMO EL FRACASO -Y EL TRIUNFO- DEL "CAPITALISMO REAL" HAN HECHO QUE EL MUNDO SEA UNA MIERDA)
La televisión, ese moderno flautista de Hamelin
Mira. Hay algo en la realidad que te rodea que es muy importante
que entiendas. Tienes que caer en la cuenta de que los hombres
y mujeres que vivimos en el mundo de hoy (casi todos, pero sobre
todo los europeos, japoneses y norteamericanos) NO tenemos
un concepto de como es el mundo. Lo que tenemos
es una imagen de como es el mundo. Una imagen que nuestros
ojos han acumulado después de miles de horas de ver
el mundo en el cine y en la televisión.
Inevitablemente eso nos lleva a creer que es natural que
el NORTE sea rico y el SUR pobre. Porque siempre hemos visto
con nuestros propios ojos a las gentes del SUR miserables,
empobrecidas, sin bienes de consumo duradero, sin servicios, hacinadas
en chozas o casas miserables que contrastan con la abundancia,
riqueza y ostentación de las ciudades del NORTE.
Quiero que pienses un momento en como funciona este asunto. Ten
en cuenta que un atavismo realimentado durante millones de años
empuja a los seres humanos a creer que lo que se ve y se oye,
es real. Que sucede. Porque lo está viendo y oyendo.
Poco más de medio siglo de cine sonoro ha sido insuficiente
para debilitar la atávica presunción automática
de realidad para lo que se ve y se oye. Porque además siempre
se puede hacer, y la gente la hace de forma consciente o inconsciente,
la distinción entre la ficción de lo que
les sucede a las personas de las películas y la
realidad evidente de los trajes que visten, los coches que
conducen, las casas en las que viven, los maquillajes que usan,
las cosas que comen y beben, etc, etc. Si además, las películas
se ven por televisión, que está impregnada y conceptualizada
como medio informativo, mezcladas con reportajes de la
vida real, la capacidad de criticar y filtrar los contenidos se
hace más y más difícil.
Lo que tienes que comprender bien, entre otras cosas porque es
al menos la tercera parte de la explicación del "inexplicable"
derrumbamiento de la URSS, es que la recepción de emisiones
de televisión occidentales (europeas y norteamericana)
actúa sobre la mente de los espectadores convirtiendo
en problemas sociales situaciones que antes no lo eran.
En efecto. Lo que tienes que comprender bien es que una carencia
no es, sin más, un problema social. Una carencia es
un problema social cuando (y sólo cuando) esa carencia
coincide con la convicción universalmente compartida de
que esa carencia es intolerable. En términos sociológicamente
técnicos, un problema social existe cuando (y sólo
cuando) se produce un hiato, una distancia, entre las aspiraciones
socialmente compartidas y la satisfacción de esas aspiraciones.
Los capitalistas europeos de la segunda mitad del siglo XIX tenían
muy claro ese concepto aunque no lo hubieran formulado teóricamente.
Sin cambiar para nada las condiciones objetivas de trabajo, de
salario y de vida de una comarca, podía perfectamente ocurrir
(y ocurría) que la comarca pasara de un decenio de tranquilidad
en la que decenas de miles de obreros y sus familiares vivían
y trabajaban resignados a su suerte a un furioso período
de revueltas y de luchas. Había claro está, un (o
unos) agente/s: los agitadores de la Primera Internacional. Cuya
eficacia consistía en cambiar los niveles de aspiraciones
socialmente compartidas. En convencer a los obreros de que
sus salarios y su vida eran intolerables. En conseguir que todos
(o al menos la suficiente minoría catalizadora de una mayoría)
definieran más altas sus aspiraciones. La misma situación
real de antes se convertía ahora en un suelo
intolerablemente separado del techo de las nuevas aspiraciones
socialmente definidas como mínimas. Y las mismas
carencias que antes eran resignadamente sufridas se convertían
ahora en un explosivo problema social.
Los agitadores se limitaban a aplicar -sin necesidad de saberlo-
el que, una vez formulado teóricamente, se ha convertido
en una de las pocas leyes científicamente demostradas de
la Sociología del Conocimiento: el TEOREMA DE THOMAS. Que
reza así: "Si los individuos definen las situaciones
como reales, son reales en sus consecuencias".
En efecto, el hecho crucial del comportamiento humano es que éste
NO se dispara en función de la realidad de la persona,
idea o cosa a la que se orienta. Sino en función de la
imagen que cada individuo se forja de la persona, idea o cosa
a la que orienta su comportamiento.
Y, así, unas condiciones de salario, trabajo y vida pueden
ser definidas como realmente inevitables e inmodificables
por miles de obreros durante muchos años. Y de pronto la
acción de unos eficaces agitadores puede modificar la
imagen de esas mismas condiciones haciendo que pasen
a ser definidas como intolerables y modificables si luchamos
lo suficiente. Y, así, cambian los comportamientos
de sumisos y resignados a furiosos y luchadores.
Es muy importante que entiendas como y por qué los capitalistas
del último decenio del siglo XX lo tienen mucho más
difícil que los capitalistas del siglo XIX. Porque, mal
que bien, la policía y los ejércitos del siglo XIX
podían perseguir, detener, encarcelar y clandestinizar
a los agitadores obreros. Y, mal que bien, las escuelas y las
iglesias podían tener éxito en la labor de acorazar
las mentes de los trabajadores contra las peligrosas nuevas definiciones
de las aspiraciones sociales. Pero hoy el propio funcionamiento
del sistema capitalista obliga al mismísimo propio sistema
a que sea él quien realice esa labor de elevar el
nivel de aspiraciones socialmente compartido de las masas. A que
haga él lo que antaño llevaban a cabo los agitadores
obreros.
En efecto, la fase de consumo de masas en que se hallan los estados
del centro de la economía-mundo capitalista fuerza al sistema
para que incremente sucesivamente el nivel de aspiraciones de
consumo socialmente compartidas. Aún más, le fuerza
a provocar obsolescencias y caducidades ficticias para que aparatos
que todavía funcionan sean substituidos por otros
nuevos. Que hacen lo mismo que todavía podían
seguir haciendo los que se desechan pero que añaden alguna
nueva característica (un televisor con color,
un coche que corra más, un ordenador con más
memoria, una video cámara menos pesada, una
lavadora con más programas de lavado, etc, etc).
Y es precisamente la televisión la herramienta básica
utilizada para esa continua elevación del nivel de aspiraciones
socialmente compartidas. Cientos de millones y millones de unidades
monetarias (dólares, marcos, pesetas, libras, etc), miles
de horas de investigación y de trabajo están dedicados
a concentrar en treinta, veinte o quince segundos una combinación
de imágenes, sonido, color, ritmo, texto y contexto que
implanten en la mente del telespectador la imagen de un
coche, un vino, una lavadora o un vídeo como la de algo
que satisface una necesidad del sujeto. Y son otros muchos
cientos y cientos de millones los que se gastan en pagar la repetición
de la emisión por televisión de esos mensajes. En
definitiva, los que se dedican a elevar el nivel de aspiraciones
socialmente compartidas.
Esos "spots" publicitarios hacen, al conseguir efectivamente
esa elevación, algo que los capitalistas del final del
siglo XX necesitan imperiosamente que se haga. Es decir, que se
desechen y se tiren más y más cantidades de bienes
o productos que todavía podían funcionar y se compren
otros nuevos.
Pero es muy importante que te des cuenta de que, además,
esos spots hacen inevitablemente otra cosa que, desde luego, no
está en el ánimo de esos capitalistas que hagan.
Y que va en contra de los intereses de esos capitalistas a medio
y largo plazo. Porque esos spots los ven gentes a las que no van
dirigidos. Gentes que no son posibles compradores que puedan ser
empujados a comprar por esos "spots" sencillamente porque
no tienen dinero con que pagar. Gentes a las que esos spots, al
elevarles las aspiraciones, no les convierten en compradores sino
en frustrados.
Esa indeseada e indeseable (para los capitalistas) eficacia de
esos "spots" publicitarios se reduplica con las más
"inocentes" series de telefilmes. La inmensa mayoría
de ellos son norteamericanos. Y todos los que los contemplan ven
de qué forma tan natural un policía o una
secretaria o un vendedor de grandes almacenes o un maestro tienen
en su casa televisores en color, cadenas de música,
frigoríficos repletos de alimentos, bares con bebidas,
dos coches en el garaje, una casa unifamiliar, un ropero lleno
de trajes, etc, etc.
Ahora bien, date cuenta de que las masas que viven en Estados
Unidos o en Europa occidental todavía pueden saber por
propia experiencia que NO TODO EL MUNDO puede comprar las cosas
que se anuncian por televisión y que la vida que se muestra
en los anuncios NO ES LA VIDA DE TODO EL MUNDO. Pero las masas
de europeos del Este y de mediterráneos del Sur (que captan
las emisiones directamente o a través de las antenas que
los musulmanes integristas llaman "paradiabólicas")
carecen de esa vacuna de la experiencia de vivir en el capitalismo
maduro. Y nadie puede convencerles de que los occidentales
no viven como ellos están VIENDO CON SUS PROPIOS OJOS
que viven.
Las carencias que ellos viven y la abundancia que ellos
VEN que se disfruta en Occidente se convierten así
en un fantástico revulsivo para sus mentes y para sus emociones.
Piensa en como han reaccionado en los últimos años
los ciudadanos soviéticos de la antigua URSS que así
han visto y oído (en la televisión y en el
cine) la forma en que se vive en el Paraíso Terrenal del
mundo capitalista. Pregúntate ahora qué es lo que
ha hecho esa gente. La contestación exacta cabe en nueve
palabras: ponerse a la cola para entrar en ese Paraíso.
El despertar de ese sueño ilusorio va a ser, está
siendo ya, terrible.
Pero date cuenta de que ese mismo sueño ilusorio es el
que empuja cada año a cientos de miles de latinoamericanos
para que intenten entrar, legal o ilegalmente, en ese Paraíso
Terrenal llamado Estados Unidos. Y el que empuja a miles de africanos
a jugarse la vida (y tantas veces a perderla) en el Estrecho de
Gibraltar intentando entrar en ese otro Paraíso Terrenal
llamado Europa.
¿No viste acaso tú en los telediarios la terrible aventura de los miles y miles de albaneses (casi diez mil) que hicieron un desesperado intento para llegar por barco al Paraíso italiano, todos los días ofrecido en sus televisores por las emisiones que les llegaban a través de la relativamente pequeña extensión de agua que se llama Mar Adriático?. ¿No viste su brutal choque con la policía y el ejército italianos, los guardianes de ese Paraíso, que aquellos estremecedores días de agosto de 1991 les mantuvieron por la fuerza como corderos en un aprisco en el estadio de fútbol y en los muelles del puerto de Bari hasta que les hicieron reembarcar de vuelta a su Albania?.
Ese sueño del Paraíso Terrenal capitalista es un
sueño ilusorio. Y mentiroso. Porque oculta, por ejemplo,
la realidad de los más de cincuenta y cinco millones de
pobres contabilizados oficialmente en 1992 en la Europa de los
Doce. Porque oculta que, por ejemplo, en Estados Unidos un negro
norteamericano tiene nueve veces más posibilidades de morir
asesinado que un blanco, que uno de cada cuatro negros ha estado
allí en prisión o en libertad provisional, que la
mitad de los niños que nacen en la comunidad negra yanqui
no tienen padre reconocido, que en USA hay más negros procesados
por el sistema penal que negros matriculados en las universidades
y que la muerte por arma de fuego es la 1ª causa de defunción
de los negros americanos de 15 a 19 años de edad. Porque
oculta que en Estados Unidos la tasa de mortalidad de los recién
nacidos negros es doble que la de los blancos y que la posibilidad
de que un hombre negro del Harlem neoyorkino llegue a los 65 años
es más pequeña que la de un habitante de la mísera
Bangladesh. O que si en septiembre de 1991 las estadísticas
oficiales clasificaban como pobres a treinta y cinco millones
setecientos mil estadounidenses eso suponía el 14,2% de
la población pero lo realmente significativo de
esas estadísticas era que ese porcentaje, ese 14,2%, era
la media. Pero que subían a ser el 32,7% de los negros
y el 28,7% de los residentes en Estados Unidos de origen latinoamericano
los que vivían en la pobreza.